A un hijo Reeducado
Quisiera que cuando recibas estas cortas líneas las dejes entrar en tu corazón como presente de amor y reconocimiento. De amor porque son de tu madre, que te quiere acariciar con palabras, y de reconocimiento, porque te lo mereces por tu esfuerzo y tesón al desprenderte de las ataduras que te ligaban a un pasado negativo para ti y para los que siempre te hemos querido.
Aunque nunca te lo manifesté, tú me hiciste crecer como mujer porque al llevarte dentro de mi seno y parirte, me permitiste aceptar la responsabilidad con que Dios me confiaba tu cuerpo y la conducción de tus primeros pasos. Estos primeros pasos los diste bajo mi mirada; mirada llena de amor, pero vacía de experiencia. Experiencia que dan los años, pero que yo, joven madre, no tenía, para poder avizorar toda la trama negativa que un mundo de valores invertidos teje contra un joven como tú.
Hoy tengo mi experiencia y tú la tuya.
La mía, porque el haberme reconocido madre de un drogadicto, aunque me hizo sufrir mucho, no me paralizó la depresión, al contrario, me condujo a buscar ayuda dentro y fuera de mí. Dentro, con Dios a mi lado, rezando y pidiendo por ti y, al mismo tiempo estudiando toda la información que estaba a mi alcance para poderte entender y ayudar; y fuera, acudiendo a las organizaciones y personas que con un enfoque u otro pusieran a nuestra disposición un instrumento para salvarte de la vida negativa que estabas viviendo.
La tuya, porque al reconocerte drogadicto, aceptaste la ayuda que tu papá y yo habíamos encontrado para ti. Y luego la convivencia en una comunidad terapéutica, en la que contrariamente a tu vida anterior, lo poco o lo mucho que hicieras era el resultado de tu esfuerzo.
Aprendiste a convivir con seres humanos diferentes a ti, pero con un denominador común: un pasado negativo de adicción a las drogas, un presente de trabajo y esfuerzo y un futuro promisorio en una sociedad que, aunque habiéndote rechazado, estaba esperando por ti como ciudadano de bien.
Siempre pedí a Dios que de mis hijos escogiera a uno para religioso. Dios me lo dio, a su manera. Me dio un hijo adicto ayer y que hoy se dedica, trabajando en CREA, a salvar a centenares de jóvenes que día a día se esfuerzan en crecer y ayudarse mutuamente.
¿Sabes, hijo? Te admiro. El muchacho indolente que todo lo esperaba de nosotros dio paso al adulto que, conocedor de sus limitaciones y sus potencialidades, puso éstas al servicio de jóvenes atrapados en un mundo carente de valores y de esperanza.
Te admiro por el amor que profesas a los que te necesitan y por la paciencia y sinceridad con las que ofreces alternativas a los adictos y a sus familiares.
Te admiro por tu capacidad de trabajo. Por tu dedicación a tus Estudios y a tu hogar que ya has formado, y sobre todo, hijo, porque has hecho de tu vida un apostolado efectivo en la que tu amor y tu conocimiento te llevan a ayudar a tantos y tantos seres que están esperando una mano que los eleve del inframundo en que se encuentran.
Así estás haciendo efectivo el precepto “ ...Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo...”